Crónica
Crispín Garrido Mancilla
Coatzacoalcos, Ver.- M
iércoles 20 de agosto. Día de quimioterapias en el hospital regional Valentín Gómez Farías. Afuera, el sol quemaba, así que fue una suerte encontrar un lugar bajo un almendro para dejar el carro y que no se convirtiera en un horno.
Aprendí que para llegar a la sala de Cirugía Ambulatoria del hospital tenía que pasar frente a la recepción como Pedro por su casa. Seguí a Denisse, que conocía el camino. Yo, otro día, había intentado hacerlo solo y los guardias me habían cerrado el paso.
Llegamos a Cirugía Ambulatoria, que estaba repleta. Con sus cubrebocas verde-azul, seis personas recibían sus quimioterapias: Dos mujeres, dos niños medianos, un hombre y Brandon, el pequeño de seis años que se ha vuelto un símbolo de quienes luchan contra esta terrible enfermedad.
El hombre era Agustín Chontal Marcial, un campesino del municipio de San Andrés Tuxtla, a quien todos llamaban don Agustín, a pesar de tener apenas 30 años de edad. La doctora Orea y dos enfermeras vigilaban el avance de los medicamentos, y hacían el papeleo, ya que sólo los menores de edad tienen acceso gratuito a las quimioterapias, por parte del Seguro Popular.
Lo bueno, es que al menos se logró que las sigan recibiendo aquí y no en Xalapa, como había dispuesto la burocracia, entre el Seguro Popular y los Servicios Estatales de Salud de Veracruz. Finalmente, el gobierno estatal encontró una solución temporal, en tanto el hospital cubre los requisitos que exige el Seguro Popular.
SUFRIMIENTO
De todos, don Agustín era el que se veía más mal. Conectado al frasco del suero, su cuerpo se estremecía, como si sollozara. Mientras las mujeres, una de ellas adolescente y la otra mayor, lucían relajadas, y los niños veían caricaturas en un monitor colocado cerca del techo, don Agustín miraba hacia la nada, con los ojos cargados de angustia, pensando quizá en las dos semanas que llevaba sin trabajar, debido a que por su agravamiento había permanecido hospitalizado. Sólo había sido bajado a Cirugía Ambulatoria para la quimio, junto con sus demás compañeros de enfermedad.
A pesar de su gravedad, siguió trabajando en el jornal hasta donde pudo, preocupado por la alimentación de sus dos hijos, de ocho y diez años, que además tenían que regresar a la escuela. Tenía muchas ganas de verlos, pero una ponchadura en la camioneta en que viajarían hacia la cabecera municipal, les había impedido venir.
Durante dos semanas había dejado de recibir las quimioterapias, porque tenía que elegir entre seguir su tratamiento o darles de comer a sus hijos, y como buen padre de familia estaba seguro de haber hecho lo correcto.
Completaba la escena Bombón, uno de los dos payasos (el otro es Polvorín) que llegan los martes y miércoles a esforzarse por arrancar sonrisas a los niños que están sufriendo, tanto en esa sala como los enfermos de VIH.
Llamaba la atención que Bombón traía un dedo vendado, como si formara parte de su personaje. Pero no, él es un payaso de rodeo y durante un espectáculo había sido embestido por un toro (“no quiero decir la palabra de lo que me hizo, porque hay niños”, decía) con tan mala suerte que le había prensado el dedo contra la cerca y prácticamente se lo había machacado.
“Probablemente me lo van a amputar”, lamentaba. Pero las mamás de los niños con leucemia le respondían con bromas: “Que te corten de una vez la mano”, le dijo una enfermera.
“Nadie me toma en serio”, decía Bombón. “Pero realmente estoy muy preocupado, y me duele mucho”.
TRAGEDIA
Las jornadas de quimioterapia son largas. La mayoría estábamos en el pasillo, cuando las mujeres que estaban cerca de la puerta, entraron rápidamente... y al momento volvieron a salir. Dijeron que don Agustín se estaba convulsionando.
Gloria Santos Navarro, presidenta de la asociación Apóyalos a tener una esperanza de vida, A. C. salió con la esposa de don Agustín, quien se abrazó a ella llorando desesperada. Se preguntaba una y otra vez qué pasaría con sus hijos. Se alcanzó a escuchar la frase demoledora: “Él ya está descansando”. Y la pregunta de la mujer: “Dios mío, ¿por qué no me escuchaste?”. “No digas eso”, le suplicaba Gloria, mientras la abrazaba más fuerte.
La mujer se empezó a poner mal y los demás familiares de los enfermitos la llevaron a una banca, le dieron refresco de cola y vapores de alcohol.
Gloria entró y confirmó que efectivamente don Agustín había muerto. Las madres de los niños se angustiaron, porque estaban ellos solos en el interior, sufriendo la misma enfermedad que lo había matado.
Gloria Santos entraba y salía. “Los niños están tranquilos”, anunciaba a las mamás. “La que me preocupa es doña Anita (una paciente de San Juan Evangelista), que dice que a lo mejor la semana que viene no puede tomar las quimios porque no sabe cómo va a conseguir el dinero”.
Así quedamos todos. El payaso Bombón perdió su comicidad. Gloria y las madres de los niños enfermos se movían por los pasillos con los ojos rojos. Se avisaba a los familiares de don Agustín sobre su muerte. La propia doctora Orea estaba devastada. La leucemia había ganado una batalla más, que se sumaba a las de doña Verónica, don Leoncio y don Juan, todos ellos fallecidos luego de perder algunas quimioterapias por falta de dinero.
La región sur del estado es la que registra la más alta incidencia de leucemia, por lo tanto, es importante que el hospital regional Valentín Gómez Farías sea debidamente equipado para atender a los pacientes de esta enfermedad.
Igualmente necesario será que el Seguro Popular cubra el costo del tratamiento a personas mayores de edad y no sólo a las de 18 o menos, como sucede actualmente. No hay que olvidar que quienes llegan al hospital regional son los no derechohabientes y, casi siempre, personas que viven en extrema pobreza.
Las jornadas de quimioterapia son largas. La mayoría estábamos en el pasillo, cuando las mujeres que estaban cerca de la puerta, entraron rápidamente... y al momento volvieron a salir. Dijeron que don Agustín se estaba convulsionando.




